EL MUSOLARI

Vaya cartas. Ni reyes ni ases ni juego. Pero yo soy un “musolari” de raza, un jugador de mus de los auténticos, y como en esta baza soy el mano se van a enterar estos de lo que vale un peine. El primero de todos el tontorrón de mi compañero que no sabe si las cartas son redondas o cuadradas. En fin, lo hemos echado a suertes y me ha tocado este “pasmao” pero mejor me iría si jugara yo solo. Segurísimo.

-No hay mus. Corto y envido a grande. Pero no dos, no, sino los dientes del choto, que son dieciocho.

-¿Dieciocho? No las veo. Aunque nunca le he contado yo los dientes a un choto.

-Paso.

-Y yo. Pero arrieros somos y en el camino ya nos encontraremos.

Una de “porque no”. Sin “barbas” y sin jacos me llevo la grande. Como decimos en mi barrio madrileño, ahí queda eso, Cornejo. Soy un hacha. Y en mi empresa sin enterarse de lo que tienen teniéndome a mí. Me putean porque se han enterado de que he cambiado de trabajo siete veces en el último año. Por eso ahora me tienen manía los muy ignorantes. No se fían de mí. Son una pandilla de cegatos. Que manera de desaprovechar un talento como el mío…

-Para la chica, la mano de un niño que son solo cinco.

-¿La chica? ¿Quién quiere la chica? “Ganador de chica perdedor de cuartillos de vino”.

-Paso

-No veo

Si, si, ir pasando, que los puntos me los llevo yo, con o sin cuartillos de vino. Luego sacareis algún as, que yo no llevo pero vosotros seguro que alguno tenéis, pero ya será tarde. Eso le pasará también a mi mujer si se sigue poniendo pesada. A veces no ve que tengo un talento que muchos no comprenden. A veces me dice que soy un fracasado y un vago, y que vivo a su costa. Se pasa la vida haciéndome discursos de que a mi edad ya debería tener una estabilidad en el trabajo, que ella lo tiene y yo no. Sí, sigue así y un día se me hincharán las narices, te dejaré plantada y me iré a vivir la vida lejos de tus aburridas monsergas. Entonces te arrepentirás de haber sido tan cargante, pero entonces ya será tarde. Será muy tarde, cariñín, ya lo verás…

-Llevo pares.

-No.

-No.

-Si.

-¿El caballero lleva pares? ¡Pero eres postre y yo soy mano, Mariano! Hummm… Envido cuatro a tus pares.

-Veo.

-¡Así me gusta, Zaratustra! ¡Por fin un valiente en esta partida!

La verdad es que si lo miras bien, la vida casi siempre es un asco. La niña se marchó de casa diciendo que estaba harta de nuestras discusiones. Se fue con aquel bandarra que luego la dejó preñada y se dio el piro. Si me lo echo a la cara le saco los hígados, pero bien que se escondió el muy mamón. En fin, a lo que estamos, tuerto, que ya hemos hablado de los pares pero aún queda alguna cosa más, como diría Blas.

-No llevo juego

-Ni yo

-Yo tampoco

-No

– Olé la gracia, todos en la inclusa, huérfanos de juego. Pues aquí te quiero ver, Manuel ¡Órdago al punto!

– ¡Eres un fantasma! Seguro que no llevas nada de nada.

– A lo mejor no… o a lo mejor si. ¿Queréis el órdago? Anda, quiérelo…

– Que no, hombre, que no. Que no son horas para querer un órdago. A otro perro con ese hueso.

Hale, otros dos tantos : punto y miedo. Y hablando de miedo… si, hay que reconocer que de eso a veces yo mismo tengo un poquito. No en el mus, claro, pero la edad no perdona y si nos ponemos serios no se puede negar que ya no es como antes, que yo era un figura. Ahora con esta barriga cervecera que he criado, con menos pelo en la cabeza del que hay en un litro de vino y con pocos cuartos en el bolsillo ya me como muy poquitas roscas. Si, a mi edad ya se le empiezan a ver las orejas al lobo, que coño. ¡Pero aquí sigo siendo un campeón, un “musolari” de los que ya no quedan, un artista de la pista, un jugador de primera! Me sobran facultades, si señor, para ganarles a estos pazguatos. Vamos, que a la vista está…

– Hale, cartas sobre la mesa y a contar. Dime lo que tienes, Nicomedes. A los pares yo llevo duples de sotas-cincos que les ganan a tus medias de seises. O sea, que cuatro del envite y tres de duples, siete. Más los cuatro tantos que ya me había apuntado de grande, chica y punto, hacen un total de once en esta mano. ¡Once! Y eso sin que mi compañero lleve ni unos miserables pares. ¿Te has enterao, Menelao? Hale, chavales, ¡a aprender a Salamanca!

Esto ya está encarrilado. En cuanto terminemos la partida y las copas, a casita a cenar como cada noche. Aunque alguna vez he soñado que era ella la que se cansaba de mi y que me dejaba plantado, y que cuando volvía a casa no tenía ni cena, ni mujer, ni nada de nada. Que se largaba, que me dejaba con lo puesto y con esta mierda de trabajo en el que no saben valorar mi inteligencia y del que me van a echar cualquier día. Alguna vez he soñado esto y pensándolo luego si que me ha venido un poquito de canguelo. Pero bah, es un pensamiento absurdo. Discutimos con frecuencia, pero todos los matrimonios lo hacen. Bueno, puede que discutamos mas de lo normal, pero en el fondo ella sabe lo mucho que valgo, que soy un “musolari” de primera y que para eso se necesita muchísimo caletre. Mu-chí-si-mo ca-le-tre. Aunque hoy en día las empresas las dirigen una partida de incompetentes que no saben apreciar el verdadero talento. No señor, no lo saben.

Y encima no tienen puñetera idea de jugar al mus.

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MENSAJES SMS

(Short Message Service – Servicio de mensajes cortos)

A mí aquello siempre me pareció un poco extravagante pero mi amigo Diego me decía que era por razones prácticas. Él era un poquito torpe escribiendo mensajes en el teléfono móvil y por esa razón buscaba la manera de sintetizar y acortar los textos.

Lo normal en estos casos es recurrir a las abreviaturas o saltarse a la torera las reglas de la ortografia, o combinar ambas técnicas. En suma, escribir cosas tales como K ACS? (¿Que haces?) K QRS? (¿Qué quieres?) DND? (¿Dónde?) XK? (¿Porqué?) HSTA MÑN (Hasta mañana) SALU2 (Saludos). Esto es lo habitual y por tanto lo normal pero Diego no actuaba de una manera normal. Al menos en este tema. Él quería escribir bien pero lo más corto posible y para eso utilizaba los idiomas. Buscaba el idioma en el que la frase resultara mas corta. Inglés, francés, italiano, catalán, euskera, latín… todo le servía. No es que fuera un gran políglota pero sabía un poquito de todo, lo suficiente para usar palabras o frases cortas. Naturalmente que con este sistema a veces le quedaba una mezcolanza mas o menos enrevesada (tales como “SOU A ROMA? CARPE DIEM SEE YOU” o bien “CALL ME AFTER 6 AGUR BACI.”) que a la larga podía resultar una pesadez para algunos de los amigos y familiares a los que enviaba sus mensajes de texto. Pero así era él. Le gustaba y divertía el usar palabras de idiomas diferentes. Naturalmente que si se le contestaba de la misma forma lo recibía con agrado e incluso con alegría.

Hasta que un día llegó a su móvil un mensaje que para Diego resultó un enigma. Enigma porque nunca supo quien se lo enviaba. Y más enigma por lo dificil que resultaba averigüar lo que allí se decía. El texto parecía escrito en clave y sin ningún tipo de disimulo se trataba de un reto. Se componía de dos palabras en castellano más una serie de veintitrés letras y cinco números. Decía así:

ANDA, LEELO. ODASEPSEHCNIHCETEUQARAP 68234

Desde luego que aquello era jugar sucio. Durante un tiempo se libró una batalla entre su amor propio y su indignación por aquella patochada. Finalmente ganaron su amor propio y su gusto por superar las dificultades y durante mucho tiempo, ese día y los siguientes, le estuvo dando vueltas al impenetrable mensaje.

Pero, pese a sus reiterados esfuerzos, Diego no conseguía ver la luz. El mensaje se le resistía, no acertaba a descifrarlo, y tras unos días de intentonas infructuosas el dichoso mensaje SMS se convirtió en una obsesión. Apenas dormía pensando en el SMS. No ponía atención en su trabajo pensando en el SMS. Casi no le prestaba atención a su mujer y a sus hijos pensando en el SMS. Comía distraido o apenas comía pensando en el SMS. Así con todo. Hasta que ocurrió la tragedia que se venía mascando: cruzó un semáforo sin mirar, pensando en el SMS y sin reparar en el coche que se le venía encima. Tuvo suerte de los reflejos del conductor y de los buenos frenos del coche. Eso le salvó la vida pero no le salvó de pasar una buena temporada en el hospital con un brazo y las dos piernas enyesadas.

Y estando en esa situación, en el lecho del dolor, pero con una mano libre para manejar el teléfono móvil le llegó el primero de los mensajes de texto que le descifraron el misterio, y que decía así:

PALABRAS DE 6-8-2-3-4 LETRAS

Al día siguiente llegó el segundo:

ODASEP SEHCNIHC ET EUQ ARAP

Y ya no le hizo falta a Diego recibir el tercero. Le bastó con leer al revés lo que tenía ante la vista y añadirle al texto una coma de su propia cosecha:

PARA QUE TE CHINCHES, PESADO

Primero dio un suspiro de alivio pero luego le encendió el rostro una oleada de indignación mientras pensaba en el desconocido autor del mensaje y con que gusto le retorcería el cuello si le pillaba. ¿Familiar? No, seguro que no. ¿Amigo?

Si, si, amigo. Tenga usted amigos para esto…

LLAMADA PERDIDA

Mi tío Paulino tenía un amigo médico, el doctor Justino Aguilera, una de cuyas máximas era que “siquieres llegar a viejo no permitas que te molesten a las horas de comer y descomer”. Esto se lo escuche a muy temprana edad y me debió de calar hondo pues tengo la costumbre de desconectar el móvil cuando estoy en el retrete. He incorporado este íntimo recinto a los lugares donde preceptivamente desconecto el teléfono móvil. Por citar algunos, en el cine, en el teatro, en los conciertos, en las ceremonias religiosas o jugando al ajedrez. Como ya he dicho, también en el excusado.

Y precisamente por eso, por encontrarme en el excusado, no recibí ni atendí en su momento la llamada de la otra tarde. Cuando la ví entre mis llamadas perdidas no reconocí en absoluto el número de teléfono desde el que me habían llamado, y cuando escuché el mensaje que habían dejado en mi buzón de voz efectivamente comprobé que se trataba de un error y que no era para mí. El mensaje decía: “Alfredo, soy Julia del Círculo de Lectores. Llámame en cuanto puedas”.

Ni me llamo Alfredo ni conozco a ninguna Julia del Círculo de Lectores por lo que mi primera intención fue borrar el mensaje sin más trámite y olvidarme del tema. Pero algo me impulsó a no hacerlo, algo me empujó a llamar a la tal Julia para decirle que su mensaje no había llegado al destino deseado, que seguramente había marcado mal y el tal Alfredo no iba a contestar a su llamada. Sin duda fue su voz o más concretamente un misterioso aleteo de su voz, una vibración sutil pero poderosamente atractiva. Una especie de musicalidad que me resultó tan subyugante como lo fueron para Ulises los cantos de las sirenas.

Cuando la llamé ya había escuchado su mensaje media docena de veces y estaba deseando ardientemente conocerla, pero ignoraba como conseguirlo. Me lo jugaba a cara o cruz en los pocos segundos de una breve conversación telefónica y evidentemente lo tenía todo en contra puesto que yo no era otra cosa que un desconocido al que ella había llamado por error, y estaba claro que no existía ningún motivo para que dejara de serlo.

Y sin embargo… “¿Julia? Tengo una llamada en mi móvil preguntando por Alfredo. Vaya, lo siento, pero hay un error en el número porque yo no soy Alfredo” …. “No, no soy Alfredo ni conozco a nadie en el Círculo de Lectores” …. “Si, es raro que tengas mi número. Debe de ser un error al marcar o al anotar el número. El de Alfredo y el mío seguro que son parecidos” …. “De nada. Pensé que debía avisarte. Pensé que podía tratarse de algo importante y que si tu llamada se perdía tal vez te ocasionara algún contratiempo” … “Gracias, mujer. Creo que exageras. ¿Encantador? No es para tanto.” … “ ¿Qué si sé donde está el Círculo de Lectores? Pues no, aunque una vez fui socio hace años, pero nunca estuve ahí.”…. “¿Tomar un café? Con mucho gusto, aunque me arriesgo a mucho. ¡Seguro que me harás otra vez socio del Círculo!” …. “De acuerdo, te llamo más tarde y quedamos para mañana.” …. “¿Cómo? ¡Ah, claro! Marcos, me llamo Marcos. Si, como el evangelista, aunque menos santo…”

Como dice una canción, la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Y como reza un refrán, donde menos se espera salta la liebre. Esta liebre no la esperaba pero ahora espero impaciente el encuentro de mañana con mi desconocida Julia. Parece que le he caído bien, como ella a mí. Claro, que todo el soporte de esta atracción son unicamente nuestra voces. Todo está en el aire, y nunca mejor dicho. Y todo será que el encanto se rompa en cuanto nos echemos la vista encima. En fin, mañana lo sabremos. Sorpresas te da la vida… y mira por donde esta sorpresa se me presentó en un lugar tan inesperado como el retrete de mi casa.

No se si el dramaturgo romano Terencio estaba pensando en las letrinas de la Ciudad Eterna cuando dijo aquello de que “nada de cuanto es humano me es ajeno”. Bueno, según un libro de frases que compré años atrás ¡precisamente en el Círculo de Lectores! él dijo algo así como “ humani nihil a me alienum puto”, frase que en su parte final resulta un tanto malsonante. Pero ¿verdad que no se lo tomaremos en cuenta?

EL CATADOR DE SOPAS

A Pepa, la “Belle Dame” de mis mejores trovas. Como otras veces, la inspiración de este escrito es toda suya.

Cuando Braulio me invitó a su fiesta acepté sin mucho entusiasmo. Cierto que éramos amigos de la infancia y que la ocasión lo merecía (Braulio había conseguido comprar una casa, a su gusto, en la parte mejor rehabilitada de la ciudad vieja) pero hacía mucho tiempo que no nos veíamos (basicamente por culpa de mi larga estancia en Italia) y de la antigua amistad solo quedaban rescoldos. No obstante le agradecí íntimamente que se acordara de mí y acudí a su fiesta venciendo un difuso sentimiento de pereza.

El reencuentro con Braulio y con otros antiguos compañeros fue agradable. Logicamente había otras muchas personas a quienes no conocía y que no me importaron gran cosa. Entre ellas estaba Esther. Esther, en quien no me fijé al principio, a quién no supe ver confundida con el grupo. Necesité encontrarme con ella a solas para darme cuenta de su magnetismo. Y eso ocurrió cuando entré en la cocina buscando hielo para un whiskey irlandés, y allí estaba ella mezclando sabiamente vodka con un refresco de limón. Desde ese momento, sin que pueda explicar el motivo, sentí interés por ella. ¿El interés fue recíproco ya en ese momento? Lo ignoro. Por educación intercambiamos algunas frases, y después de ese principio, sin darnos cuenta nos fuimos enredando en nuestra propia conversación. Conversación que discurrió por senderos intranscendentes hasta que en un momento dado Esther me pregunto “¿A qué te dedicas?” . Yo hice una pausa antes de responder, la miré fijamente y le contesté:

– Soy catador de sopas

“¿Catador de sopas?”. Quedó sorprendida durante un momento y luego soltó una carcajada. “¿Catador de sopas? ¡Me estás tomando el pelo!” “Ni mucho menos” respondí seriamente “Igual que hay catadores de vinos, catadores de aceite e incluso catadores de aguas, algunos nos dedicamos a la cata de sopas. Es un mundo complejo y extensísimo éste de las sopas. Desde las humildes sopas de ajo o de tomillo (“de farigola” en Catalunya) a las más sustanciosas de marisco o de langosta. Sopas de arroz, de verduras, de legumbres, de fideos, de tomate, de pollo, de pescado, de champiñones, de cebolla, de cocidos varios (cocido madrileño, escudella catalana, pote asturiano, caldo gallego…). Sopas de picadillo, consomés, cremas de todo tipo. La mayoría de las sopas son calientes pero también hay muchas frías: gazpacho, salmorejo cordobés, ajoblanco malagueño, cremas frías…

Y no solo nuestras sopas autóctonas sino también las que por derecho propio forman parte de la cocina internacional, como la bouillabaisse, la vichyssoise, la sopa de aletas de tiburón y tantas otras… Cuando hablamos de sopas estamos hablando de un universo cuyos límites son difíciles de alcanzar. ”

Advertí que tras esta docta explicación Esther me miraba con especial interés. En sus ojos brillaba una lucecita de curiosidad. “¿Y cómo es que te has dedicado a esto?” Sonreí de una manera que tal vez quería ser seductora y le respondí “Supongo que estaba predestinado. Ya desde pequeño me gustaron las sopas, cosa que parece no es muy normal. Por casa circulaban los “cómics” de Mafalda que leían mis padres y allí veía yo que a esta niña Mafalda las sopas le resultaban especialemente odiosas y repelentes, cosa que parece les sucede a todos los niños. A todos… menos a mí.”

Ahora fue Esther la que le dio a su voz un tono entre seductor y misterioso cuando me preguntó lo que en principio parecía una pregunta intrascendente: “¿Y cuál es tu sopa preferida? ¿Por casualidad no será la sopa de almejas?” Dudé un momento, pero prendado del fulgor que irradiaban sus ojos respondí: “Pues sí, la sopa de almejas me gusta mucho.”

– Pues yo tengo una almeja estupenda. ¿Te gustaría catarla?

Debo decir que me quedé sin habla. ¿Había oído bien? Y sobre todo, ¿había entendido bien? Para disipar mis dudas, Esther remachó el clavo.

– Con mi almeja y tu cigala seguro que haríamos una buena sopa.

El asunto estaba claro como la luz. En clave de humor y siguiendo su juego le respondí:

– ¿Una sopa al cuarto de hora?

– Espero mucho más, pero un cuarto de hora intenso tampoco es de despreciar.

A partir de ese momento las cosas se precipitaron. Salimos de allí sin despedirnos de Braulio y dejando totalmente abandonados en su cocina el vodka con limón y el whiskey con hielo. Ahora Esther me conduce en su coche en dirección a su casa donde espero ser pronto el más feliz catador de sopas de esta noche mágica.

Siempre he oído hablar de la intensa relación de la gastronomía con el erotismo pero nunca, nunca, lo había visto tan claro como hoy.

ANUNCIO POR PALABRAS

El martes perdí el Metro en la estación de Sants. Oí los pitidos que anunciaban el cierre de las puertas en el mismo momento en que llegaba al andén. Sé que es una imprudencia, pero tenía prisa y por eso intenté entrar en el vagón en el último segundo. No lo conseguí y ví como las puertas se cerraban ante mí, afortunadamente sin producirme ningún daño. Allí me quedé, con un palmo de narices, viendo como el tren arrancaba y sintiendo sobre mí las miradas de muchos de los que iban dentro del vagón. ¡Que extraña sensación! Tú estás en el espacio abierto del andén y los que van dentro del vagón están en un recinto cerrado y acristalado. Sin embargo lo sientes al revés. Es como si tú estuvieras encerrada dentro de una pecera y fueran todos los demás los que te contemplan a sus anchas desde fuera. Tú encerrada y ellos libres.

El jueves compré el periódico, como casi todos los días. No acostumbro a repetir, suelo comprar uno distinto cada día. De esta manera voy calibrando los diversos puntos de vista de unos y otros. Desde luego que en esto de la prensa no soy nada fiel. Lo que sí tengo es la costumbre fija de echar un vistazo a los anuncios por palabras. Siempre, sin falta. Desde luego cada una tiene sus manías y esta es una de las mías aunque pocas veces se encuentra algo interesante. Lo habitual son los anuncios inmobiliarios (ventas de pisos, alquileres, etc) y los de contactos (variedad de anuncios eróticos, ya se sabe). Poco más, desde luego, pero en ocasiones, cuando menos te lo esperas, se descubren verdaderas joyas. Raras veces, es cierto, pero el jueves me encontré con una sorpresa mayúscula, con algo que nunca me hubiera imaginado. El anuncio, en un tamaño de letra mayor del habitual, y recuadrado, decía así:

“Te ví el martes en el metro de Sants, cuando el tren arrancaba, y desde entonces no puedo olvidarte. Vestías falda vaquera y jersey rojo ¿Podemos vernos? Llámame.”

¿Hará falta decir que el pasado martes, cuando perdí el metro en Sants, yo vestía jersey rojo y falda vaquera? Pues si, vestía de esa guisa. ¿Era yo, pues, la persona inolvidable del que había puesto el anuncio? Me gustó el estilo que reflejaban esa treintena de palabras, y decidi averiguarlo.

Nunca han sido de mi agrado las citas a ciegas. Jamás he concertado una cita por Internet, ni siquiera con intercambio previo de fotografías. Creo en las virtudes del contacto físico, aunque sea meramente contacto visual. Y creo que aunque solo sea mediante la palabra se captan las buenas o malas vibraciones. Por eso le llamé, para intentar percibir las buenas o malas vibraciones de su voz. Para decidir, poniendo a prueba mi intuición femenina, si le aceptaba una cita.

Y si, se la acepté. Y aquí estoy, en el Café Zurich, esperándole. Me dijo que vendría vestido con chaqueta de pana beige y pantalón marrón. En la mano un libro, como en las películas. Un ejemplar de “La sombra del viento” de Ruiz-Zafón. Me pidió que yo vistiese la falda vaquera y el jersey rojo del martes en Sants. Se lo prometí pero no lo he cumplido. Le engañé intencionadamente porque quiero comprobar si recuerda de mí algo más que mi jersey rojo y mi falda vaquera. Además me he venido cuarenta minutos antes de la hora acordada. Esta vez quiero ser yo quién le observe cuando llegue. Yo, comodamente sentada, ya instalada, y él buscándome desorientado. Esta vez quiero ser yo la que esté fuera de la pecera. Será la forma de equilibrar la balanza y de comenzar en igualdad de condiciones. Y cuanto antes sepa que no soporto que un hombre se crea superior a mí por el mero hecho de ser hombre, mejor para ambos.

PARADA DE AUTOBÚS

Era una mañana de sábado y ese día yo no tenía excesiva prisa. De haberla tenido me hubiera puesto de los nervios la tardanza del maldito autobús. Llevaba allí veinte minutos y ya me parecía una eternidad, pero mucho más le debía parecer al honrado padre de familia que esperaba cerca de mí junto con su esposa y un chaval de unos diez años. “¡Ya está bien! Más de media hora llevamos aquí, haciendo el pasmarote. ¡Que poca vergüenza! Para que luego venga el alcalde diciendo que usemos el transporte público, que no cojamos el coche, que los coches particulares contaminan mucho. ¡Que contaminación ni que narices! Ya está bien, hombre, de tomarnos el pelo”.

Aburrido como estaba le mire con un poco más de detenimiento. A él y al resto de personas que constituíamos el paciente grupo de usuarios que aguardábamos bajo la marquesina del autobús. Y entonces fué cuando me fijé en ella, en la joven morena y de aspecto triste en la que no había reparado hasta ese momento. Pelo negro, abrigo negro, ojos negros. No era una mujer llamativa, no, no lo era. Esbelta, pero más bien delgada. No tenía lo que se dice un tipazo y su rostro era de facciones correctas pero no arrebatadoramente hermosas. Así pues, ¿que fué lo que me llamó tanto la atención? Si ella me lo preguntara le podría contestar con un verso de Serrat: “vaig trobar el teu mirar, melangiós i llunyà” Sí, eso fué. Su mirada, lejana y melancólica. Su mirada, clavada en el infinito. Sus ojos negros, oscuro resplandor teñido de nostalgia.

Al menos eso me pareció a mí que había en su mirada. Nostalgia, tal vez tristeza, tal vez desengaño. Melancolía, en suma. Ya lo había dejado dicho, mejor que nadie, el maestro Serrat. Por mi parte lo hubiera podido precisar con más acierto si nuestras miradas se hubieran encontrado, pero no fué así. En ningún momento me miró. No miraba a nadie, y tampoco me miró a mí pese a que durante un largo rato tuve los ojos puestos en ella. Siempre he creído que cuando miras a alguien fijamente durante un tiempo, acaba dándose cuenta. Es como si la mirada creara un campo magnético que de alguna forma perturbara a la persona observada. Pero no fué así en este caso. No se perturbó, ni me miró, ni reparó en nada, ni en nadie. Su mirada, oscuro lago de aguas profundas, continuó siendo lejana y melancólica.

A todo esto el maldito autobús no llegaba. Los comentarios sobre el alcalde y el transporte público empezaban a generalizarse, comandados por el honrado padre de familia. Yo también me estaba cansando y empezó a abrirse paso en mi cabeza la idea de coger un taxi. ¿Un taxi? Si, pero… ¿porqué no invitar al taxi a la morena de la mirada lejana y melancólica? Vaya, no estaba mal pensado pero seguro que ella lo rechazaría. Que un conciudadano de la parada del autobús te invite a un taxi, así de buenas a primeras, y que la chica lo acepte es algo que solo ocurre en las películas. ¿O no? ¡Tal vez no! Puede que funcione. El que no se arriesga no cruza la mar, dice un refrán. ¿Y cual es el riesgo? ¿Una negativa? Pues te quedas como estabas, y en paz. Como diría el sabio escudero Sancho Panza, “desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano”.

En todo caso, pensé que para inclinar favorablemente la balanza de las probabilidades no estaría de más un pequeño golpe de efecto, algo que sirviera para abordar a la morena rompiendo el hielo. Esto pensé, y en colegir cual podría ser ese golpe de efecto se me fue otro largo rato. No dí con ello hasta el minuto treinta y ocho. El minuto treinta y ocho esperando el autobús, quiero decir. Y lo que pensé fué en acercarme a ella y decirle, de una manera educada a la par que seductora, algo así como: “ Es horrible lo que está tardando este autobús. Yo ya tengo mucha prisa y seguramente usted también. Como creo que vamos en la misma dirección, ¿que le parece si cogemos un taxi a medias? Ya sé que aquí no es costumbre, pero en muchos otros países, sí. Atenas, por ejemplo.”

Pensaba yo que la mención de Atenas le daría al asunto un aire cosmopolita y culto a la par que sugerente. Volví a mirar a la joven morena de la que había apartado mis ojos durante un rato mientras me sumía en mis cogitaciones y lo que ví en ese momento fué que ya no miraba al infinito. No, tampoco me miraba a mí. Miraba al extremo de la calle, cinco o seis semáforos más allá. Miraba a ver si venía el autobús. El maldito autobús. Comprobó que no venía y haciendo un mohín de disgusto dió la espalda a la marquesina y a todos cuantos bajo ella estábamos, y echó a andar. Elegantemente, como sin prisa, pero con decisión. Estupefacto, ví como se alejaba. Se alejaba cada vez más. Más y más hasta que finalmente se perdió de vista. Eso sí, con andares de reina. Si su mirada era atractiva, tanto o más lo eran sus andares.

En el minuto cuarenta y tres (el minuto cuarenta y tres de mi prolongada espera) el autobús llegó, abrió sus puertas y nos recogió a cuantos allí estábamos. Lo que le dijo el honrado padre de familia al conductor del transporte público resultó más fuerte y colorista de lo que su retoño de diez años estaba acostumbrado a oír. Que seguramente no era poco.

PONGÁMOS QUE HABLO DE MADRID

Letra de Louis Figno para una canción de Joaquín Sabina (Con su permiso, maestro…) Propiamente no es una “pulga” literaria pero puede pasar como tal.

 

Allá donde se cruzan los caminos

lejos del mar, pues Dios lo quiso así

donde cualquiera puede hacer amigos.

Pongamos que hablo de Madrid.

No hay tramontana, cierzo ni solano

más el viento serrano es tan sutil

que no apaga un candil, pero mata a un cristiano.

Pongamos que hablo de Madrid.

La caña de cerveza es sacramento

cuarto y mitad es vara de medir

nueve meses de invierno y tres de infierno.

Pongamos que hablo de Madrid.

El calamar se come en bocadillo

tomar un buen cocido es un festín

puede hacer un reloj el más pardillo.

Pongamos que hablo de Madrid.

Aunque haya un buen puñado de truhanes

siempre abundó lo bueno por allí.

Quevedo y Lope bastan como avales.

Pongamos que hablo de Madrid.

Cuando la muerte venga a visitarme

(visita que no hay prisa en recibir)

no olviden en mi esquela algo importante.

Pongan que yo nací en Madrid.

En Madrid…

En Madrid…

En Madrid…

Verano 1999.

(Nota.- Desde 1999 han pasado muchos años de cambio climático. Podría ser aconsejable cambiar el tercer verso de la tercera estrofa y decir algo así como “nueve meses de infierno y tres de invierno”.

En fin, cántese a gusto del consumidor).