PARADA DE AUTOBÚS

Era una mañana de sábado y ese día yo no tenía excesiva prisa. De haberla tenido me hubiera puesto de los nervios la tardanza del maldito autobús. Llevaba allí veinte minutos y ya me parecía una eternidad, pero mucho más le debía parecer al honrado padre de familia que esperaba cerca de mí junto con su esposa y un chaval de unos diez años. “¡Ya está bien! Más de media hora llevamos aquí, haciendo el pasmarote. ¡Que poca vergüenza! Para que luego venga el alcalde diciendo que usemos el transporte público, que no cojamos el coche, que los coches particulares contaminan mucho. ¡Que contaminación ni que narices! Ya está bien, hombre, de tomarnos el pelo”.

Aburrido como estaba le mire con un poco más de detenimiento. A él y al resto de personas que constituíamos el paciente grupo de usuarios que aguardábamos bajo la marquesina del autobús. Y entonces fué cuando me fijé en ella, en la joven morena y de aspecto triste en la que no había reparado hasta ese momento. Pelo negro, abrigo negro, ojos negros. No era una mujer llamativa, no, no lo era. Esbelta, pero más bien delgada. No tenía lo que se dice un tipazo y su rostro era de facciones correctas pero no arrebatadoramente hermosas. Así pues, ¿que fué lo que me llamó tanto la atención? Si ella me lo preguntara le podría contestar con un verso de Serrat: “vaig trobar el teu mirar, melangiós i llunyà” Sí, eso fué. Su mirada, lejana y melancólica. Su mirada, clavada en el infinito. Sus ojos negros, oscuro resplandor teñido de nostalgia.

Al menos eso me pareció a mí que había en su mirada. Nostalgia, tal vez tristeza, tal vez desengaño. Melancolía, en suma. Ya lo había dejado dicho, mejor que nadie, el maestro Serrat. Por mi parte lo hubiera podido precisar con más acierto si nuestras miradas se hubieran encontrado, pero no fué así. En ningún momento me miró. No miraba a nadie, y tampoco me miró a mí pese a que durante un largo rato tuve los ojos puestos en ella. Siempre he creído que cuando miras a alguien fijamente durante un tiempo, acaba dándose cuenta. Es como si la mirada creara un campo magnético que de alguna forma perturbara a la persona observada. Pero no fué así en este caso. No se perturbó, ni me miró, ni reparó en nada, ni en nadie. Su mirada, oscuro lago de aguas profundas, continuó siendo lejana y melancólica.

A todo esto el maldito autobús no llegaba. Los comentarios sobre el alcalde y el transporte público empezaban a generalizarse, comandados por el honrado padre de familia. Yo también me estaba cansando y empezó a abrirse paso en mi cabeza la idea de coger un taxi. ¿Un taxi? Si, pero… ¿porqué no invitar al taxi a la morena de la mirada lejana y melancólica? Vaya, no estaba mal pensado pero seguro que ella lo rechazaría. Que un conciudadano de la parada del autobús te invite a un taxi, así de buenas a primeras, y que la chica lo acepte es algo que solo ocurre en las películas. ¿O no? ¡Tal vez no! Puede que funcione. El que no se arriesga no cruza la mar, dice un refrán. ¿Y cual es el riesgo? ¿Una negativa? Pues te quedas como estabas, y en paz. Como diría el sabio escudero Sancho Panza, “desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano”.

En todo caso, pensé que para inclinar favorablemente la balanza de las probabilidades no estaría de más un pequeño golpe de efecto, algo que sirviera para abordar a la morena rompiendo el hielo. Esto pensé, y en colegir cual podría ser ese golpe de efecto se me fue otro largo rato. No dí con ello hasta el minuto treinta y ocho. El minuto treinta y ocho esperando el autobús, quiero decir. Y lo que pensé fué en acercarme a ella y decirle, de una manera educada a la par que seductora, algo así como: “ Es horrible lo que está tardando este autobús. Yo ya tengo mucha prisa y seguramente usted también. Como creo que vamos en la misma dirección, ¿que le parece si cogemos un taxi a medias? Ya sé que aquí no es costumbre, pero en muchos otros países, sí. Atenas, por ejemplo.”

Pensaba yo que la mención de Atenas le daría al asunto un aire cosmopolita y culto a la par que sugerente. Volví a mirar a la joven morena de la que había apartado mis ojos durante un rato mientras me sumía en mis cogitaciones y lo que ví en ese momento fué que ya no miraba al infinito. No, tampoco me miraba a mí. Miraba al extremo de la calle, cinco o seis semáforos más allá. Miraba a ver si venía el autobús. El maldito autobús. Comprobó que no venía y haciendo un mohín de disgusto dió la espalda a la marquesina y a todos cuantos bajo ella estábamos, y echó a andar. Elegantemente, como sin prisa, pero con decisión. Estupefacto, ví como se alejaba. Se alejaba cada vez más. Más y más hasta que finalmente se perdió de vista. Eso sí, con andares de reina. Si su mirada era atractiva, tanto o más lo eran sus andares.

En el minuto cuarenta y tres (el minuto cuarenta y tres de mi prolongada espera) el autobús llegó, abrió sus puertas y nos recogió a cuantos allí estábamos. Lo que le dijo el honrado padre de familia al conductor del transporte público resultó más fuerte y colorista de lo que su retoño de diez años estaba acostumbrado a oír. Que seguramente no era poco.

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