EL CATADOR DE SOPAS

A Pepa, la “Belle Dame” de mis mejores trovas. Como otras veces, la inspiración de este escrito es toda suya.

Cuando Braulio me invitó a su fiesta acepté sin mucho entusiasmo. Cierto que éramos amigos de la infancia y que la ocasión lo merecía (Braulio había conseguido comprar una casa, a su gusto, en la parte mejor rehabilitada de la ciudad vieja) pero hacía mucho tiempo que no nos veíamos (basicamente por culpa de mi larga estancia en Italia) y de la antigua amistad solo quedaban rescoldos. No obstante le agradecí íntimamente que se acordara de mí y acudí a su fiesta venciendo un difuso sentimiento de pereza.

El reencuentro con Braulio y con otros antiguos compañeros fue agradable. Logicamente había otras muchas personas a quienes no conocía y que no me importaron gran cosa. Entre ellas estaba Esther. Esther, en quien no me fijé al principio, a quién no supe ver confundida con el grupo. Necesité encontrarme con ella a solas para darme cuenta de su magnetismo. Y eso ocurrió cuando entré en la cocina buscando hielo para un whiskey irlandés, y allí estaba ella mezclando sabiamente vodka con un refresco de limón. Desde ese momento, sin que pueda explicar el motivo, sentí interés por ella. ¿El interés fue recíproco ya en ese momento? Lo ignoro. Por educación intercambiamos algunas frases, y después de ese principio, sin darnos cuenta nos fuimos enredando en nuestra propia conversación. Conversación que discurrió por senderos intranscendentes hasta que en un momento dado Esther me pregunto “¿A qué te dedicas?” . Yo hice una pausa antes de responder, la miré fijamente y le contesté:

– Soy catador de sopas

“¿Catador de sopas?”. Quedó sorprendida durante un momento y luego soltó una carcajada. “¿Catador de sopas? ¡Me estás tomando el pelo!” “Ni mucho menos” respondí seriamente “Igual que hay catadores de vinos, catadores de aceite e incluso catadores de aguas, algunos nos dedicamos a la cata de sopas. Es un mundo complejo y extensísimo éste de las sopas. Desde las humildes sopas de ajo o de tomillo (“de farigola” en Catalunya) a las más sustanciosas de marisco o de langosta. Sopas de arroz, de verduras, de legumbres, de fideos, de tomate, de pollo, de pescado, de champiñones, de cebolla, de cocidos varios (cocido madrileño, escudella catalana, pote asturiano, caldo gallego…). Sopas de picadillo, consomés, cremas de todo tipo. La mayoría de las sopas son calientes pero también hay muchas frías: gazpacho, salmorejo cordobés, ajoblanco malagueño, cremas frías…

Y no solo nuestras sopas autóctonas sino también las que por derecho propio forman parte de la cocina internacional, como la bouillabaisse, la vichyssoise, la sopa de aletas de tiburón y tantas otras… Cuando hablamos de sopas estamos hablando de un universo cuyos límites son difíciles de alcanzar. ”

Advertí que tras esta docta explicación Esther me miraba con especial interés. En sus ojos brillaba una lucecita de curiosidad. “¿Y cómo es que te has dedicado a esto?” Sonreí de una manera que tal vez quería ser seductora y le respondí “Supongo que estaba predestinado. Ya desde pequeño me gustaron las sopas, cosa que parece no es muy normal. Por casa circulaban los “cómics” de Mafalda que leían mis padres y allí veía yo que a esta niña Mafalda las sopas le resultaban especialemente odiosas y repelentes, cosa que parece les sucede a todos los niños. A todos… menos a mí.”

Ahora fue Esther la que le dio a su voz un tono entre seductor y misterioso cuando me preguntó lo que en principio parecía una pregunta intrascendente: “¿Y cuál es tu sopa preferida? ¿Por casualidad no será la sopa de almejas?” Dudé un momento, pero prendado del fulgor que irradiaban sus ojos respondí: “Pues sí, la sopa de almejas me gusta mucho.”

– Pues yo tengo una almeja estupenda. ¿Te gustaría catarla?

Debo decir que me quedé sin habla. ¿Había oído bien? Y sobre todo, ¿había entendido bien? Para disipar mis dudas, Esther remachó el clavo.

– Con mi almeja y tu cigala seguro que haríamos una buena sopa.

El asunto estaba claro como la luz. En clave de humor y siguiendo su juego le respondí:

– ¿Una sopa al cuarto de hora?

– Espero mucho más, pero un cuarto de hora intenso tampoco es de despreciar.

A partir de ese momento las cosas se precipitaron. Salimos de allí sin despedirnos de Braulio y dejando totalmente abandonados en su cocina el vodka con limón y el whiskey con hielo. Ahora Esther me conduce en su coche en dirección a su casa donde espero ser pronto el más feliz catador de sopas de esta noche mágica.

Siempre he oído hablar de la intensa relación de la gastronomía con el erotismo pero nunca, nunca, lo había visto tan claro como hoy.

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